¿Lucha contra? el cáncer

Por: Adriana Cortés

Por aquello de la impecabilidad de la palabra, y también por haber vivido muy de cerca el proceso del cáncer, me resulta agresivo que siempre se hable de él como si de una guerra se tratase, como un enemigo a vencer. En las experiencias cercanas que he tenido con esta pandemia he podido ver que, según el enfoque de quien lo padece, el cáncer puede llegar a ser un guía que muestra lo que de erróneo hemos cometido en nuestra vida, para con nosotros mismos.


Mi gran maestro en este sentido fue mi propio padre. Siempre fue un hombre muy enérgico, vital, impaciente, explosivo y tenía una frase que era su filosofía de vida: “La vida hay que pelearla”. Y en medio de esta pelea le llegó la noticia, que cayó -como siempre ocurre- como una bomba sobre la familia. A medida que avanzaba el proceso y pasadas las etapas psicológicas iniciales de negación, asistimos a ver la metamorfosis de mi padre: Observaba los detalles pequeños de la vida, disfrutaba de la quietud, aceptaba el devenir de acontecimientos que en otro momento habría luchado por cambiar y mantenía siempre su maravilloso sentido del humor.

Fue una transformación a la inversa: mientras físicamente más avanzaba el cáncer, más su alma sanaba día tras día, sus emociones se limpiaban, su mente se calmaba. Dejó de pelear con la vida y aprendió a bailar con ella.
También me resultaba muy llamativo que este proceso de sanación a través del cáncer -por paradójico que resulte- se iba extendiendo al resto de la familia, y nexos interpersonales que durante años estuvieron cargados de rencor y dolor daban paso al perdón, al amor, que era lo que subyacía por debajo de todo.

Desde que fue diagnosticado hasta que murió, mi padre vivió cerca de dos años y fue en ese tiempo donde todos observamos lo mejor de su ser. Y este caso no lo he visto sólo en mi padre, sino también en amigas y pacientes que en grados de máxima generosidad le han dado las gracias -literalmente- al cáncer, porque a partir de allí cambiaron su manera de enfocar la vida.

Vivimos en una sociedad que premia la competitividad, el imponer uno su voluntad y sus objetivos a costa de lo que sea, que efectivamente ve la vida casi como un campo de guerra donde mis metas son mis aliados y todo lo que se oponga a ellas son mis enemigos. Y mientras estamos en esa lucha, la vida va pasando y, a veces, la noticia de un cáncer nos hace caer en cuenta de que hay mucho más tras ese maratón desenfrenado de obtener logros, bienes y experiencias en que hemos convertido nuestro día a día.

Por ello me resulta agresivo mantener el discurso bélico -también- en el proceso de un cáncer, porque en nuestro inconsciente nos insta a seguir en esta guerra del ego en contra de la vida. No quiero decir con ello que uno deba “rendirse”. Eso también sería seguir en la visión de la lucha, sólo que a la inversa. Quiero decir que todo el necesario proceso de operaciones, quimioterapia, radioterapia e idas y venidas a los especialistas no lo deberíamos afrontar en nuestro interior y en el seno de nuestra familia como “una lucha contra”, sino como una oportunidad de recomenzar la vida desde otra visión, desde la paz.

Entiendo perfectamente que detrás de todas las acciones de “lucha contra el cáncer” hay la buena voluntad de crear conciencia, buscar recursos y fomentar más investigaciones para afrontar este problema, lo cual valoro, respeto, reconozco y por supuesto insto a que se mantengan y desarrollen. Pero el verbo “luchar”, la preposición “contra” y mi deformación profesional de periodista me hacen observar que con estas palabras reforzamos en el inconsciente colectivo de la sociedad y de quienes lo padecen el concepto de la guerra, del conflicto, de lo cual muchas veces se alimenta el cáncer. Y de corazón no creo que el mensaje deba ir por allí.

A mi padre y a mí nos ayudaron mucho dos lecturas en este cambio de visión. Una es el clásico “La enfermedad como camino”, de Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke, y la otra fue “El cáncer no es una enfermedad” de Andreas Moritz. Ambos señalan que el cáncer puede llegar a ser un amigo que nos guíe hacia un cambio de visión sobre el rumbo que hemos dado a nuestras vidas, sobre nuestro propio ser. A no verlo como algo a matar o eliminar, sino como algo a amar, a sanar.

Es un proceso que puede resultar doloroso y contradictorio. A veces -como ocurrió con mi padre- aunque cambiemos y nos volvamos apacibles y danzarines con la vida, aunque sigamos a rajatabla los tratamientos médicos, nutricionales y complementarios que decidamos, el cáncer sigue su curso y se convierte en nuestra barca al otro mundo. Pero también eso habría que aceptarlo, que el día señalado llega y que no podemos luchar contra eso.
Así que estaría bien mirar también lo que hay detrás de las palabras, porque las palabras tienen su energía propia y su mensaje oculto, dirigido a la parte de atrás del cerebro. Las células del cáncer vibran en una frecuencia baja. Alimentarlas con el miedo, la guerra, la lucha y más connotaciones negativas propician que, sin quererlo conscientemente, estemos trabajando a favor del “enemigo”.

Nota de la autora: Este texto fue escrito hace un tiempo, pero puede ampliarse perfectamente hoy hacia el Covid…o cualquier enfermedad.

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